A veces me pregunto, a la hora de escribir, qué prefiere la gente en cuanto al turismo se refiere: si leer un texto cargado de datos históricos, o si basarme más en alguna experiencia propia vivida por mí. Suelo decantarme por una combinación de ambas, pues si bien como lector de temas de viajes no disfruto especialmente con una parrafada llena de datos y cifras, el poder al menos situarme en el contexto histórico de aquello que veré me ayuda mucho a plantearme si merece la pena o no el lugar en sí. Ojo, es una opinión personal, pero puedo confirmar que un relato cercano, campechano, donde acabe identificándome incluso con el autor del mismo es algo que siempre me ha atraído para adentrarme en cualquier tipo de lectura.

De ahí que, en ciertos momentos nostálgicos (y yo entro en ese modo con frecuencia), eche la vista atrás y recuerde con cariño algunos sitios emblemáticos de Granada. Es el caso de la calle Elvira. Para la mayoría de turistas extranjeros puede que no sea más que la base e inicio del barrio más famoso de la ciudad, el Albaicín, donde gastarán su tiempo y su dinero.

Para mí es otra cosa: me remonto bien atrás, en la época universitaria, y recuerdo una calle casi siempre con el cielo negro. Lo digo obviamente porque solía andar por ahí más de noche que de día, y algún que otro amanecer me habrá pillado también en la misma. Garitos tan auténticos como Eshavira, uno de los templos del flamenco más callejeros y políticamente incorrectos, o el Enano Rojo, son lugares de “peregrinación” para cualquier persona que guste del ruteo musical en Granada.

Calle Elvira son hippies “perro flautas” en las plazoletas, punkarras y malabaristas, noches de griterío y de ambientes alternativos, puestos de shawarma y kebab, artesanía arabesca y teterías y, sobre todo, lugar de mezcolanza de culturas varias, de edades según la hora del día, de familias paseando y de colegas emborrachándose a las tantas de la madrugada. Todo ello en una calle de adoquines que te hace volver atrás en el tiempo, sin dejar de ser eso, una calle para turistas y llena de los mismos, pero también con un encanto especial por el marcado ambiente juvenil y universitario que te encuentras al caer la noche.

La Puerta de Elvira o Arco de Elvira (Báb Ilbím) fue punto de acceso a la Alhacaba y Albayzín desde el camino de Medina Elvira, y de ahí proviene su nombre. Su construcción por parte de los sultanes ziríes es de principios del siglo XI. Parece ser que se eliminaron, ya en época de reconstrucción cristiana, elementos como la llave y mano en la parte central del arco, tan típicos de la cultura musulmana. Ya en el siglo XIX, Las tropas francesas demolieron su puerta interior (la que se cerraba) y su pasaje, a fin de facilitar el rápido despliegue militar en caso de una sublevación.

La Puerta de Elvira ha sufrido varias transformaciones a lo largo de su historia, siendo de mayor importancia la llevada a cabo reinando Yusuf I, de la dinastía nazarita. Por su importancia y dimensiones era la puerta principal de la ciudad, debido a sus funciones como puesto principal y control aduanero. Desde Puerta de Elvira se extendía un cementerio musulmán, en la zona donde hoy está Campo del Triunfo.

Como curiosidad contar que a escasos metros de la Puerta de Elvira se encontraban los  Baños Árabes de Hernando de Zafra o Casa de las Tumbas, uno de los baños públicos más importantes del barrio durante los siglos XIII y XIV.