Yo he sido, desde joven, una persona curiosa, con inquietudes intelectuales. Pero, si se puede llamar así, con un pequeño defecto: falta de constancia en cualquier afición o actividad. Y eso fue hasta que me encontré con ella, la más bella, y no es la botella… sino la guitarra.

En mi época universitaria tuve un compañero de piso que tocaba la eléctrica, y me acordé de una vieja guitarra que había en mi casa, de un tono rojizo tirando hacia negro, bastante vieja y desgastada. Creo que le tocó a mi padre en una tómbola, hará más de cuarenta años. Pero me dije: “bueno, me gusta escuchar música, y nunca he probado, teniendo la oportunidad de que él me enseñe algo básico, habrá que aprovechar, a ver que sale de aquí…”. Total, se lo propuse y me dijo que sin problema, que me enseñaría acordes básicos y alguna canción sencilla para iniciarme. No fue fácil al principio, como pasa con cualquier actividad que no conoces, pero poco a poco le fui cogiendo el gustillo, especialmente a eso de combinar varios acordes, cambiar fácilmente de unos a otros y poder cantar sobre ellos. No soy precisamente Pavarotti o Freddy Mercury. Yo no canto, más bien doy el cante, pero me gusta, y eso es lo más importante, porque así lo disfrutas.

Pasado un tiempo vi que aquello me gustaba realmente, y quise tomar clases, con el fin de aprender más técnica y tener más soltura. Y poco a poco descubrí que había algo llamado “armonía”, y otra cosa llamada “ritmo”, y que sobre ellas iba una tercera historia, la “melodía”. Y con esos tres ingredientes, a grosso modo, tenemos lo que hoy día entendemos por música. La guitarra española es, en mi opinión, uno de los instrumentos más hermosos que existen. Es versátil, pudiendo tocar estilos diferentes al clásico o al flamenco, aunque haya otras guitarras (eléctrica y acústica) que sean más específicas para dichos estilos. Pesa muy poco, lo cual es una gran ventaja a la hora de transportarlo para tocar en cualquier sitio, junto a amigos o por tu cuenta. Y tiene unas posibilidades enormes a la hora de aprender música, ya que en su ejecución juntas los tres conceptos que mencionaba antes: ritmo, armonía y melodía. Los instrumentos de viento, generalmente, aportan la melodía, y los de percusión el ritmo. Pero los instrumentos de cuerda son capaces de aglutinar todo a la vez, y de hecho el instrumento principal para aprender tanto lectura de música como unas nociones de armonía básicas es el piano, que posee la mayor cantidad de octavas posibles de los instrumentos occidentales con sus ochenta y ocho teclas. Pero no entremos en detalles técnicos que nos alejan y despistan del eje principal de este artículo.

Tras terminar la facultad por fin tomé clases de solfeo y guitarra, y algunos años incorporé el piano porque siempre me ha gustado su sonoridad y las enormes posibilidades armónicas que tiene. Era algo que hacía por puro placer, cosa hasta entonces muy extraña en mi vida, con el tiempo invertido en estudiar para exámenes que hacía y cuyo contenido olvidaba al día siguiente. Yo entiendo perfectamente a la gente práctica, que eligen estudiar algo que puedan aplicar en su vida profesional: un máster en dirección y administración de empresas, un curso de contabilidad, seminarios sobre marketing digital,… pero estudiar algo que no vas a usar en tu día a día ni te va a reportar beneficios económicos no es para nada una pérdida de tiempo, sino todo lo contrario: te ayuda a crecer como persona, y eso acaba incidiendo incluso en tu trabajo de forma indirecta, ya que probablemente tu actitud vital sea mejor, más positiva. A mí me gusta tocar por el puro placer de hacerlo, ya sea solo o en compañía, con otros músicos. Esto último es sin duda más divertido. He hecho mis pinitos en el mundillo de la música tocando en directo en varios grupos, delante de bastante gente, más de una y de dos veces. Y dar clases de guitarra, en este caso en el papel de profesor, es algo que no descarto hacer algún día. Cuestión de lanzarse, pues hablo de algo que siempre me ha llamado la atención.

La música entró en mi vida casi por casualidad, yo no le había prestado una especial atención en mi juventud. Ya percibí desde pequeño que tenía buen oído, sentido del ritmo, que me gustaba canturrear. Pero no fui más allá. Fútbol y pelis iban antes en mi vida, cole y amigos suponían lo más importante en mi día a día. Hoy día la música es una parte esencial de mi personalidad, que no puedo entender sin ella. Esto no significa que toque a diario la guitarra, pero sé que está ahí, para cualquier momento de entusiasmo e inspiración que tenga, o para cogerla cuando me sienta triste y melancólico y que me suba un poco el estado de ánimo. Leí no hace mucho tiempo que han existido culturas y civilizaciones sin escritura, con el traspaso oral de sus conocimientos, o que nunca llegaron a conocer la agricultura u otras artes humanas. Pero no se sabe de ni una sola tribu sobre la faz del planeta que no tuviera alguna forma de expresión musical. Nació con el ser humano y siempre ha ido ligada a él, ya en ritos religiosos, funerarios, como forma de entretenimiento o para pedirles a los dioses que lloviera para que las cosechas fueran buenas, por ejemplo.

Así pues, mi pasión por la música la he llevado a cabo fundamentalmente a través de la guitarra, pero a mí me gusta la música en general, toda ella, escucharla, bailar, tocarla y a veces, de forma poco segura pero no por ello menos ilusionado, incluso componiendo alguna que otra canción.

En Itinerarius.com ofrecemos un taller para aprender a construir una guitarra clásica con un lutier profesional, premiado con el Premio Nacional de Artesanía. Es una actividad dirigida a todos los públicos, especialmente a aquellos que sienten curiosidad por la música y la artesanía en general, y por la guitarra española en particular.

Autor: Felipe Vílchez