La experiencia de visitar una bodega de vinos y después realizar una cata es realmente algo diferente y especial, y merece la pena. Así fue para mí hace unos cuantos años, en la única que he hecho. La verdad es que fuimos cuatro amigos con las ideas un tanto confusas al respecto: ¿en qué consistiría exactamente eso de hacer una cata de vinos?

Sin ser ninguno de los que fuimos un experto en el tema, uno de nosotros era bastante aficionado al mundillo vinícola, un alumno aventajado que solía disponer en casa siempre de una botella de vino para probar junto a un buen queso, jamón o embutido. Noches de maridajes perfectos que despertaran nuevas sensaciones en el paladar pero sin pasarse, pues las sensaciones acababan pesando más en la cabeza que en el gaznate a poco que no respetes el delicioso jugo de Dionisio, bebida en teoría suave pero peligrosa como pocas por lo rica que está y “lo bien que entra”.

Éramos, por esa época, ya currantes, y claro, con el bolsillo más pesado por el más que merecido salario recibido, pasas de ser un pobre estudiante amante de las cañas y el tapeo a subir a otro escalón más sibarita, dónde el vino acaba copando el primer lugar de un pódium que antes era llano, más del pueblo y en el que se imponía la cerveza como reina absoluta de los encuentros entre amigos.

Total, que movidos por una cierta curiosidad ante una nueva experiencia nos dirigimos a una pequeña bodega de vino orgánico regentada por un matrimonio con ambos miembros bien simpáticos. Normal, pensé yo al final de la visita, llevando tal negocio…

Hoy día están muy de moda y cada vez más en boga los vinos ecológicos, donde todo el proceso, desde que se planta la parra, el tipo de tierra, lo que se le echa a la misma, y la elaboración del vino, siguen un proceso muy cuidado. Hay diferentes sellos de calidad que recogen los protocolos, componentes y demás que debe reunir un vino para ser llamado ecológico o, en este caso, orgánico. ¿Cuál es la diferencia? No la tengo muy clara, pero sé que esta gente exportaba a Estados Unidos, y allí los controles de este tipo de vinos son más estrictos que en la Unión Europea, y necesitan la certificación de “vino orgánico” para poder entrar en su país y ser catalogado como un auténtico vino ecológico. Al menos esto es lo que nos contó el dueño de la bodega. Realmente son la misma cosa, ecológico y orgánico en el caso del vino aluden a sinónimos. El único cambio no es en el vino, sino en el proceso previo a su obtención, ya que en “ecológicos” se permite la adición de productos químicos, como sulfitos o bentonitas, mientras que esto no es posible en los vinos orgánicos, más tradicionales y sin añadido químico alguno.

El dueño de la bodega nos explicaba para que servían aquellos cachivaches varios: prensas, cubas metálicas gigantescas, la sección de etiquetado y embotellado y la misma habitación donde se encontraban las barricas de madera que contenían el líquido sagrado. Producían tinto, rosado y blanco, aunque el que más abundaba era el tinto con diferencia. Yo no me enteré muy bien del proceso, tenía la mente más en la siguiente actividad, la cata del vino. Pero aquello era algo más que una bodega, era una pequeña y artesana fábrica de vino, pues aparte de producirlo lo embotellaban y etiquetaban. Llevan en este mundo vinícola desde hace al menos dos décadas, y han conseguido un producto diferente, orgánico y respetuoso con el medio ambiente. Y más aún, realmente delicioso, con cantidad de tonalidades en el aroma y el sabor que hasta los más neófitos en el tema conseguimos apreciar con la previa y pertinente explicación. Una vez pasamos a la cata de vinos, esta era dirigida por la mujer, y en una habitación bastante amplia con mesas rectangulares para al menos ocho o diez comensales, nos sentamos los cuatro, a la espera de que ella volviera con viandas y vinos varios.

El vino, por cierto, se debe oxigenar. Hay accesorios que se acoplan a la boca de la botella, una vez sacado el corcho, que sirven para ello (los llamados decantadores), pero lo mejor es abrirlo una media hora antes de tomarlo. Le pasa, con las diferencias obvias de procesos de obtención, igual que al jamón: hablamos de alimentos que están “vivos” y que con el tiempo van cambiando sus sabores y propiedades organolépticas. A mí me llamó mucho la atención el grupo de enfrente, solo de hombres, algo mayores que nosotros. Creo que sabían más del tema que nosotros, o al menos en apariencia así era. Parece ser que el objetivo de una cata es apreciar sencillamente los sabores, olores y demás matices del caldo en cuestión, así que es muy normal ver a la gente tomar un pequeño sorbo, mantenerlo en boca unos instantes y después escupirlo en un recipiente metálico cuyo fin es ese, servir de escupidera. A mí, ignorante del tema, me pareció una auténtica aberración: con lo rico que estaba el vino, ¿cómo se te ocurre escupirlo? Yo probé siete variedades diferentes, y de alguna hasta repetí para percibir mejor aún el sabor que me había gustado más. Y no desperdicié ni una gota. Por supuesto acabé con una cogorza considerable, pero bueno, fue mi primera y única experiencia de este tipo, ya para la próxima sé que hay que cuidarse más con las cantidades, pero también tengo clara una cosa: no creo que pueda escupirlo, no me parece bien aunque sea el procedimiento normal en este tipo de eventos.

Las explicaciones de la cata fueron más que interesantes: oxigenación del vino mediante un suave pero constante movimiento circular de la copa apoyada en la mesa, oler su potente y afrutado aroma, tomar un pequeño trago y mantenerlo en el paladar para apreciar matices y sensaciones que en parte consigues obtener. Como todo, es práctica, y si bien es muy posible que no lo definas exactamente como en la etiqueta, descripción casi poética, al menos percibirás la gracia de una bebida que no gusta a todo el mundo, pero a quien le gusta, le suele gustar y mucho, y es por eso mismo, riqueza asombrosa con diferentes matices que, con un buen maridaje, en este caso jamón, queso y algo de embutido ibérico, representa una experiencia realmente íntima y diferente.

De momento, en Itinerarius.com puedes encontrar la actividad “Talleres urbanos: iniciación a las catas de vino”, que se realiza en Barcelona y en el cual, si eres aficionado a este mundo tan interesante y curioso, podrás aprender conceptos básicos como el aroma, sabores, y alguna noción sobre la crianza de estos caldos. También, tras la cata, tendrás en la tienda la oportunidad de adquirir los vinos que hayas catado previamente y/o ser asesorado para futuras catas y compras de vino. Una actividad que sin duda merece la pena y te sorprenderá.