De pequeño me hacía mucha gracia la palabra “saltabarrancos”. Se solía adjudicar a los chavales inquietos que no pensaban más que en realizar trastadas y travesuras varias, y cuanto más peligrosas, mejor. El hecho de criarse en un pueblo tiene sus ventajas y, entre ellas, una de las mejores es vivir bien cerca de la naturaleza. Recuerdo excursiones en el cole en las que íbamos sencillamente a la sierra del pueblo, andando en fila india junto al borde de la carretera, por parejas y cogidos de la mano. Esto último daba pie, obviamente, a comentarios propios de críos, como que tal o cual tenía novia o novio, o que tales o cuales eran mariquitas. En fin, como digo, cosas de niños.

Éramos unos “enanos” de no más de siete u ocho años, y al llegar al campo surgía una especie de explosión de alegría. Ya inmersos en pleno bosque, rodeados mayormente de arbustos y pinares, empezaban las carreras, los gritos y las caídas, las peleas medio en broma y a veces no tanto, y, cómo no, la construcción de cabañas o algo parecido con unas cuantas ramas, piedras y otros materiales que estaban al alcance de la mano. Esto no era cualquier cosa, pues se trataba de buscar el espacio idóneo para ubicar tu centro de operaciones desde el cual poder divisar al “enemigo” y poder defender el fuerte o acabar atacando a tu contrincante para hacerte también con sus posesiones.

Era también una época difícil pues se empezaban a crear pequeñas pandillas de amigos, y los más avispados o «listillos», según se mire, se autoproclamaban líderes, jefes de la pandilla, lo cual no era moco de pavo. Se merecían el respeto del resto de “súbditos”, por así llamarlos. Y bueno, digno de elogio era precisamente aquel que parecía más “saltabarrancos”, es decir, hablando claro, el más valiente, el que hacía cosas que el resto ni siquiera soñaban que se pudieran hacer, tales como trepar hasta la copa de un pino, escalar por una roca gigante o, como el mismo vocablo indica, despeñarse por un barranco y salir indemne de tal hazaña.

Probablemente algunos de aquellos engendraron de este modo en sí mismos un espíritu aventurero que con el tiempo persistiría, y ya de mayores les serviría para afrontar con entusiasmo deportes extremos, como el rafting, el puenting o el descenso de barrancos. Dejo a un lado los que se lanzaron en paracaídas o les dio por el parapente pues, obviamente, aparte de entusiastas de la aventura estarían algo “tocados del ala”, desde el punto de vista de alguien que es más bien “cagueta” para tales actividades.

Pero mira por donde, sin ser precisamente un enamorado de tales experiencias extremas, en alguna que otra me he visto, como realizando el Descenso del Sella en Asturias, todo un clásico, o haciendo rafting en un río de aguas bravas en el pirineo catalán. Sin duda alguna la experiencia que más me impactó fue la del descenso de un barranco en Lérida, cuyo nombre ya echa un poco para atrás, el “Barranc de l’infern”. Para empezar nos dijeron que teníamos que saltar a un río desde una altura de ocho metros. Esto me lo dijeron ya con el traje de neopreno puesto y al lado del temible lugar, los muy cabritos. Ya no había vuelta atrás y yo, al principio con cara de susto y después directamente de pocos amigos, pues me sentía engañado, cometí además el grave error de asomarme a ver el río… ¡madre mía! Un consejo, saltar sin mirar antes si hacéis algo así. Y pensaréis que ocho metros no es para tanto, pero una cosa es medirlos en horizontal, andando, y otra mirar hacia abajo… los huevecillos se me pusieron de corbata, así de claro.

Total, que me santigüé, y a la carrera gritando “jerónimo” pegué un salto y caí al río. Casi se me sale el corazón por la boca, y tras la caída debíamos nadar unos cien metros hasta llegar a la orilla para empezar a ascender por un camino hasta una cumbre que sería, de hecho, el inicio del descenso del barranco. Una vez coronado el cerro, añadimos a nuestra indumentaria, propia de submarinismo, un casco y un arnés, pues la actividad no era sino saltar de poza en poza, y a algunas de ellas acceder con cuerda, haciendo rápel, descendiendo paredes con pequeño saltos verticales que conducían a otras pozas. Había incluso una especie de tobogán interno en la roca por el que te deslizabas para acabar en un pequeño hueco bajo el agua del que solo podías salir con la ayuda del monitor, que tiraba de ti hacia abajo y después hacia arriba para que no chocaras contra el techo de aquella especie de cavidad formada por rocas sumergidas bajo el agua. La experiencia duró en total algo más de tres horas, y obviamente terminabas reventado, pero sin duda alguna mereció la pena. Yo recomiendo no confiarte en este tipo de actividades, pero tampoco ir asustado, porque los monitores suelen ser gente muy profesional que controla perfectamente cada tramo del descenso. Sencillamente ve con buen espíritu aventurero y con la idea de pasar un buen rato, muy entretenido y espectacular.

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