Cuántas veces habremos oído expresiones como “estos tomates saben a plástico”, o “no es que el melón esté malo, es que no sabe a nada”. La verdad es que a veces no sabemos, ni tampoco nos interesa, de dónde procede la fruta y verdura que compramos. El precio, obviamente, es un factor que discrimina totalmente y determina nuestra opción final de compra. Pero a veces lo barato sale caro. Y no me refiero sólo en cuanto al sabor del alimento, sino también a lo que nos aporta respecto de los nutrientes. 

“Ecológico” es un término, bajo mi punto de vista, algo engañoso, y me explico: habrá gente que te dirá que la calidad de un producto totalmente ecológico no tiene nada que ver con la de otro industrial. Y yo he probado pimientos y tomates de invernadero, para nada ecológicos, de sabor y calidad excepcionales, conseguidos a través de mezclar variedades genéticas y controlando mediante técnicas de laboratorio las variables para que el producto final se realmente bueno. Esto se da en algunos sitios de Almería, por ejemplo.

También he visto gente que se aficiona de tal modo a lo ecológico que acaban por hablar mal de cualquier otro producto que no lo sea y, oye, agricultores son también y tratan de ganarse la vida aunque no produzcan en ecológico.

Opiniones personales aparte, está claro que lo ecológico tiene dos aspectos que pesan mucho a la hora de obtenerlos. Uno es el precio, por lo general bastante superior al de un producto obtenido en masa. El otro es que te aseguras de comer algo que no alberga químico alguno en su proceso de siembra, crecimiento y recolección. Simplemente por esto último merece la pena rascarse un pelín más el bolsillo y adquirir productos ecológicos.

Cierto es que los establecimientos que venden este tipo de producto están empezando a crecer en los últimos años, y que incluso, creo que, como agricultor o intermediario de productos agrícolas ecológicos, puedes obtener cestas a través de internet. Pero aún son pocas las tiendas que encontramos con estos productos, y especialmente se encuentran en ciudades o núcleos de población medianos. En los pueblos pequeños hay un  supermercado de escasas dimensiones, la tienda de toda la vida que vende carne, pescado, fruta y verdura, y pare usted de contar, y a los propietarios no les merece la pena vender este tipo de productos, o al menos eso parece por el reducido número de los mismos y la dificultad de encontrarlos.

Dicen que “el que tiene un amigo, tiene un tesoro”. En estos tiempos que corren podríamos cambiar la palabra “amigo” por “huerto”, y si tenemos la nuestra, podríamos hacer el esfuerzo de plantar en ecológico. Si vas a pueblos pequeños encontrarás mucha gente con su pequeña huerta, pensada para autoabastecerse. Si tienes la suerte de que te regalen una cesta de sus productos verás lo que es calidad de verdad. Productos que no llevan más que tierra, abono (estiércol de toda la vida) y agua, y mucho cariño para sacarlas adelante.

En Itinerarius.com te ofrecemos una actividad llamada “taller de agricultura ecológica: aprende como gestionar tu propio huerto”. Un monitor especializado en el tema os pondrá al tanto de todo lo que se necesita para montar una huerta con productos ecológicos, independientemente del espacio que tengáis para poder hacerlo. Es una actividad muy interesante, entretenida y muy práctica que te recomendamos si te gusta este tema, pues, ya se sabe, somos lo que comemos…