Desde mi despacho, a través de la ventana, diviso en el patio de mi casa (que no es “particular”), una parra virgen ya prácticamente desnuda, pues su hoja es caduca. Estamos ya bien metidos en el Otoño, a pesar de días que nos recuerdan más a una tardía primavera o a un pronto verano. Creo que se le llama “el veranillo del membrillo”, por ser típico de esta época dicho fruto. Mi parra no produce uvas comestibles, sino unas pequeñas bolitas similares a uvas. En primavera florece y desarrolla grandes hojas verdes, se vuelve frondosa y espectacular. A medida que va pasando el tiempo va secándose, sus hojas se tornan rojizas y finalmente se caen a esta altura del año. Es cíclico, es el fenómeno de la vida. Sólo queda el esqueleto, el soporte que sujeta la belleza que se produce en primavera, de tonos verdes brillantes.

Hay mucha gente que da a la vida un enfoque meramente práctico, aunque yo siento que en el fondo ese modo de actuar no engloba ni mucho menos todo su pensamiento. Pero su postura ante la gente es, por ejemplo, la del que dice que ya que plantas, que sirva para comerte el fruto. ¿Por qué? ¿No puedo tener una planta que lo “único” que me ofrece es poder mirarla, cuidarla, y ver cómo va cambiando a lo largo del año? ¿Por qué elegir siempre lo práctico ante lo estético? ¿Por qué una parra que no produce en lugar de una que dé dulces uvas?

Algo similar ocurre con el placer de aprender por aprender. Parece, más en estos tiempos, una necedad el hecho de estudiar e investigar sobre fenómenos que no vas a utilizar en tu profesión, sobre cosas que realmente “no necesitas”. Y yo respondo que precisamente por eso las aprendo, porque no las necesito: ni para comer, ni para vivir, ni para ganarme la vida…sencillamente me llenan el espíritu, me hacen sentirme realizado y bien conmigo mismo, porque representan la misma esencia de lo que yo soy, un buscador de conocimiento.

Recuerdo, siendo un imberbe muchacho de poco menos de dieciocho años, los consejos para estudiar una carrera por parte de mi tío, de mis padres, de mis amigos, y de otra gente cercana a mi círculo familiar y personal. Casi todos los criterios giraban en torno al componente práctico de dichos estudios: “eso es muy bonito, pero no tiene futuro”, “estudia una ingeniería que eso siempre se demanda”, “precioso, maravilloso, pero eso no te va a dar de comer”. Por desgracia yo era (y sigo siéndolo) una persona realmente influenciable y todos esos discursos hicieron mella en mí, hasta el punto de estudiar algo que en teoría tiene futuro y que a mí no me lo ha proporcionado. No me importa, ¿sabéis por qué? Aprendí muchas otras cosas en esos años de carrera, de la misma también aprendí y ahora lo percibo, sin presiones ni exámenes por delante. Entablé muchas y maravillosas relaciones personales, me divertí a lo grande y tuve, como todos, mis buenos y malos momentos. En fin, esto empieza a sonar como una especie de homenaje a “My way” de Sinatra, y no es lo que pretendo.

Lo que quiero decir desde aquí, desde el papel, es que las ganas de aprender es lo más hermoso y grande que tiene el ser humano, y cortar esas “alas” es en mi opinión un delito que no debemos fomentar. Ser práctico es importante, ser tú lo es mucho más. ¿Sirvió de algo salir al espacio? ¿Y descubrir vida animal a miles de metros de profundidad bajo el mar? Sin duda, siempre diré que sí, de forma rotunda, porque de ahí han aparecido otros grandes descubrimientos que sirvieron a la humanidad desde un punto de vista sanitario, social o educativo.

Don Antonio Escohotado, pensador de nuestra época, hablaba del placer casi orgásmico que le proporcionaba el hecho de aprender, de cualquier cosa, porque todas las cosas, cuando se comprenden, son interesantes y hermosas a su manera. Y es por eso que desde Itinerarius.com fomentamos, en esta época de tremenda incertidumbre, los cursos formativos, ya sean con una parte presencial, si es que se puede, y otra parte más factible hoy día, virtual.

Utilicemos las herramientas de las que disponemos para seguir aprendiendo, ya sea por necesidad o, como casi siempre fue mi caso, por el puro placer de aprender. Desde un taller de cerámica, pasando por el flamenco, viajes culturales y gastronómicos, el disfrute de la naturaleza y nuestro entorno con amigos o familia. Sí, estamos limitados, ahora toca seguridad, higiene y distancias sociales, quién sabe hasta cuándo… pero que eso jamás os quite la esencia de la actitud más grande que tiene el hombre en esta vida, la de caerse y volver a levantarse, la de equivocarse y aprender del fallo, la de vivir y sonreír, también la de llorar, agradecido por este corto e intenso paseo que se te ofrece cada mañana cuando despiertas, abres los ojos y comienza un nuevo día.