Hace unos años, en la televisión pública andaluza, recuerdo ver un programa que trataba de flamenco. Era una vez a la semana, tarde, quizás ya pasada la media noche, y aparecía una especie de narrador con una áurea de brujo o nigromante, que entre cada actuación soltaba un chascarrillo propio de la sabiduría popular y, por eso mismo, sonaba muy flamenco. En uno de esos programas recuerdo escucharlo diciendo algo así: “flamenco es recto, puro y sin puntos flacos; flamenquito es torcido, es una broma, un pasatiempo”.

Mi afición por el flamenco nació un poco por casualidad, no fue algo que viviera de pequeño en familia o con los amigos. La inquietud musical siempre estuvo presente en mí, desde que recuerdo, pero lo que me enamoró fue sin duda el sonido de la guitarra flamenca. Empecé a escuchar discos de Paco de Lucía y no daba crédito a que eso lo estuviera haciendo una sola persona con una guitarra. Era un sonido limpio pero a la vez rasgado, sucio, metálico, fiero y salvaje. No, esto no es para todo el mundo, pensaba por aquel entonces, pero a mí me toca la fibra. Me recordaba a los guitarristas de blues de los años veinte, que cantaban con voces que evolucionaron en torno al tabaco de mascar y unas pocas botellas de whisky…

Lo del cante flamenco yo no lo entendía. Yo prefería que se callara y me dejara escuchar la guitarra de fondo. Para mí era un tipo pegando berridos bastante desagradables, por cierto. Pero mi concepto cambió por completo cuando escuché a Camarón de la Isla. De hecho en una etapa tardía de su carrera, porque al acompañamiento estaba Tomatito, y no Paco de Lucía. Pero esa voz…dios mío, ¿de dónde procedía? Se me ponía la piel de gallina en algunos momentos al escuchar sus geniales bulerías, tangos, o las temibles tarantas, cantes que se refieren al oficio de los mineros por lo general. A veces, lo digo sin ninguna vergüenza, alguna que otra lágrima se me escapó, pensando en lo pronto que nos dejó este genio absoluto del cante flamenco. Y a partir del “príncipe de los gitanos” empecé a interesarme por este arte, sobre todo escuchando cosas antiguas, queriendo averiguar un poco de donde procedía esta cultura musical, esta cadencia andaluza y este ritmo de difícil medida si atendemos a patrones clásicos. Dejemos los términos técnicos, pues no escribo para enseñaros de flamenco, sino para transmitiros lo que yo siento  por él.

Una vez que me apunté a clases de guitarra flamenca empecé a descubrir, o a intuir, lo increíble que era esta música. Sin lugar a dudas que coge mucho de la técnica de la guitarra clásica española, pero tiene otro punto, otro deje, para llegar a mostrar eso que se suele llamar duende. Hoy día es un arte ensalzado y reconocido alrededor del mundo entero, pero no siempre fue así. En la primera mitad del siglo XX era considerado más algo propio de pordioseros y gente de mal vivir, que como los murciélagos vivían de noche y dormían de día. Cree el ladrón que todos son de su condición, y se asoció a la pobreza y a la chusma, cuando los que auspiciaban estas juergas con tablaos eran señoritos andaluces de mucho dinero que pagaban cuatro chavos a cualquier gitanillo necesitado para que soltara unos “quejíos” bien sentidos, o rasgueara un rato la guitarra y pegara unos taconazos de baile mientras ellos, los “malos de la película”, se hartaban de beber vino y se acostaban a las tantas de la madrugada habiendo disfrutado de algo puro y hermoso como era el flamenco de la calle, el que no se aprende en las escuelas ni academias, el que se mama en casa de uno desde que nace.

Un gitano de mi pueblo, hombre ya mayor, me dijo que esta música no es de los gitanos, es la música de los andaluces. Es un buen «tocaor», como llaman al guitarrista en el mundillo del flamenco, y un muy buen aficionado a la música en general. No le faltaba razón. Muchos asocian el flamenco siempre con los gitanos, pero los orígenes de este arte no están muy claros, y considero un error atribuirlo por completo al pueblo romaní, pues es un mestizaje que nace de otras culturas que pasaron por la península ibérica, como los judíos sefardíes, los musulmanes e incluso la música popular de los cristianos.

La guitarra clásica, tal y como la conocemos hoy día, es un instrumento bastante reciente, con sus “antepasados”, pero nace sin lugar a dudas en el siglo XIX, y figuras de la talla de Tárrega o más adelante Andrés Segovia la encumbraron a la cúspide de la música nacional, orgullo patrio de esta España nuestra, donde por desgracia, más aún para el mundo del arte, se solía cumplir el dicho de “nadie es profeta en su tierra”. No hemos sido un país que supiera cuidar de lo propio, valorarlo y llevarlo por bandera a lo largo del planeta. Es un poco inherente a nuestra cultura de pandereta, de “usted a su avío y yo al mío”. Pero, valoraciones y críticas aparte, volviendo al flamenco, entiendo que sea una música de minorías. Sencillamente, “no se entiende”, y eso provoca que pertenezca a una minoría selecta. Hablo de flamenco, no de flamenquito. La armonía y cadencia que tiene es a los oídos occidentales bastante disonante, no es fácil de asimilar, y esto la coloca en clara desventaja con otras músicas que se merecen todo el respeto, faltaría más, pero no tienen ni de lejos la calidad ni la categoría de nuestra música andaluza. Esto, por cierto, tampoco es realmente correcto, porque flamenco hay por toda España, con palos propios de cada lugar, especialmente fandangos y cantes libres.

Camarón decía, sobre su disco “La leyenda del tiempo”, poco apreciado en su momento, que la gente debería volver a escucharlo, y que se darían cuenta de que era un gran disco. Yo vengo a decir lo mismo del flamenco en general. Aquellos que gusten de la música en mayúsculas deben de darle una segunda oportunidad a este patrimonio de la humanidad, que nace, como el blues, de la raza, de la pena, del cariño y del rencor, del odio y de la alegría desmesurada, de la chulería y el desparpajo gitano, de la pillería y la astucia sin parangón.

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